miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los niños llorones de Bruno

En una de las versiones de la leyenda urbana se cuenta que el primer cuadro que pintó Bruno, se quedó en el mismo orfanato de dónde era el niño retratado y que dicho orfanato ardió hasta los cimientos a los pocos días, todos murieron abrasados, incluso el propio niño que fue pintado por Amadio en el cuadro que, misteriosamente, fue el único objeto que no fue pasto de las llamas. De esto modo, el espíritu del niño quedó atrapado de algún modo en el lienzo que arrastraría la terrible maldición por el se sabe lo que pasa con este tipo de leyendas en las que los dimes y diretes las van redondeando para rodearlas del entorno más macabro posible.

En fin, al final de los años setenta la leyenda se extendió como la pólvora y los testimonios sobre la mala suerte de todos aquellos que poseían uno de los cuadros de la colección se multiplicaban por momentos. Nadie quería tener uno de estos cuadros en su casa y las copias dejaron de realizarse por falta de pedidos, “por si acaso”, todos fueron descolgando sus cuadros y arrinconándolos en los desvanes si no deshaciéndose de ellos lo más rápido posible.

viernes, 16 de diciembre de 2011

El perro de la muerte

Había un conde que tenía atemorizados a los paisanos de las Tierras Altas con un perro de los llamados "perros de guerra " o "perros de la muerte" al que todos llamaban "Demo" (demonio en gallego). Era éste un can grande aunque no tanto como los que guardaban y protegían los rebaños de los pueblos contra los lobos, pero este perro había sido entrenado para matar a personas en la guerra. Se decía de él que había matado a muchos enemigos en las batallas pero ahora el Conde lo utilizaba para amedrentar y someter a sus vasallos.

En cierta ocasión se presentó el conde en uno de los pueblos de las tierras Altas, y convocó a sus habitantes en el punto de reunión del Concejo. Les amenazó para que pagaran más impuestos pero como los vecinos se negaban mando azuzar al perro. La gente huyó despavorida y se refugiaron en sus casas. El conde eligió una de ellas y ordenó a sus soldados que rompieran la puerta, tras lo cual soltaron al perro dentro. El feroz animal mató a todos los que encontró dentro, incluidos los niños. Aterrorizados por tan espantoso suceso, todos se avinieron a cumplir los deseos del infame conde.

Entre los muertos estaba una hermosa joven prometida en matrimonio con un primo suyo del mismo lugar. Este mozo estaba tan desolado que cogió los perros del rebaño por ser los mas grandes del lugar y con mas intención que tino, los entrenó a su buen entender para entre todos defenderse y matar a Demo. Fue en vano, Demo los mató a todos, y encima los paisanos se volvieron contra él porque había dejado al rebaño sin perros que lo defendieran de los lobos. El conde se enteró y le mando prender pero consiguió huir a tiempo por Verin a tierras de Portugal donde incluso estuvo luchando contra los moros. Durante este tiempo aprendió de un judío las artes para manejar a los canes usados en la guerra, y con este saber regresó a las Tierras Altas con sed de venganza. No avisó a nadie de su llegada excepto a su madre. Por medio de esta encontró una perra grande en celo y con ella se fue hacia la fortaleza del conde.

Una noche oscura, el mozo se emboscó atando a la perra en celo de tal modo que el viento llevase su olor a la cuadra donde estaba Demo, cuando este la olfateó se puso como loco y el criado del Conde que lo cuidaba lo sacó de la cuadra y salió con él para ver cual era la causa de su alteración, cuando estaba cerca de la perra se dio cuenta de lo que ocurría y lo soltó, Demo se fue hacia la perra y este momento lo aprovechó el mozo para matar al esbirro. Mientras Demo estaba entretenido atendiendo a la llamada de la naturaleza, el mozo, que previamente se había lavado meticulosamente y untado el cuerpo con un aceite que le había dado el judío para enmascarar su propio olor, se puso la mugrienta ropa del esbirro para que el perro tanto por la vista pero sobre todo por el olfato no lo reconociera, y antes de que Demo se soltara de su pareja lo ató de nuevo.

Volvió a la cuadra y le puso al perro la armadura de cuero con planchas de hierro que se le ponen a los perros de guerra para entrar en combate y protegerlos de las flechas y espadas enemigas. Esperó hasta que todos en la fortaleza estuvieron durmiendo y tras cruzar sin problemas por el puesto de guardia, se fue hasta la torre donde el Conde y su familia dormían y allí azuzó y soltó al perro. Inmediatamente se oyeron los gritos de pavor del conde pidiendo ayuda a su guardia, pero el mozo atrancó la sólida puerta desde dentro para que no pudieran entrar. Todos los miembros de la familia del conde murieron incluso uno de los hijos que se lanzó por una ventana para no ser devorado por la fiera. Mientras el perro completaba su espantosa carnicería, el mozo prendía fuego a la torre. Cuando por fin los soldados del Conde consiguieran romper la sólida puerta y entrar en los aposentos, el perro de nuevo azuzado por el mozo les atacó también a ellos y el mozo aprovechó para escabullirse en medio de la vorágine de sangre que el perro causó hasta que consiguieron matarlo. A la luz del incendio de la torre pudo escapar y desde la montaña cercana se puso a lanzar arrulos (gritos típicos) de victoria a los cuatro vientos.

domingo, 4 de diciembre de 2011

La vieja mecedora

Dicen que los objetos antiguos siempre tienen una historia detrás, sin poder ocultar lo que pasó anteriormente. La historia que os voy a contar es la de un joven.


Una mañana, en el pueblo donde residía había una gran subasta, debido a la demolición de una vieja casa abandonada y todos los objetos de valor que en ella se encontraba los iban a venderse.

El joven al enterarse fue rápido a ver si veía algo que llamase su interés. Pensaba que sería una buena idea encontrar algo que le sirviera para el salón y pudiera a su vez no ser un simple adorno.

Al llegar a la subasta, veía libros viejos, una lámpara de araña, algunos armarios y un baúl, pero nada que llamase su atención. La puja comenzó, hasta que de pronto vio, que se subastaba una mecedora; que por muy simple que se viese, era perfecta para el rincón del salón. Así que después de estar luchando por ese asiento, consiguió comprarlo.

Cuando llegó a su casa, abrió la caja que la contenía y la colocó en el lugar que había dispuesto para ella. Cómoda, confortable y barata, era perfecto para sus horas tanto de lectura como de sueño.

Los días pasaban sintiéndose más orgulloso de la buena compra que había hecho, sin arrepentirse de nada, pues comía y se echaba su pequeña siesta o a veces se ponía delante de algún libro a leer, balanceándose horas y horas.

Una noche de tormenta oyó el crujir de la madera, pero pensó que aquel estruendo lo generaban los árboles de la calle, se fue a dormir, porque por la mañana tendría que madrugar para ir a trabajar.

Al día siguiente hacia su vida como siempre, hasta que llegaba la noche y volvía a oír ese extraño sonido, no produciéndola ni la tormenta, ni el viento; sonando en el interior de la casa. Bajó a ver lo que pasaba, pero todo estaba en calma; lo más seguro que fuese que estaba soñando pues eran las tres y media de la mañana.

El tiempo pasaba, haciéndose cada vez más repetitivo cuando daban las tres, pero siempre bajaba, lo revisaba todo, miraba cada rincón, pero no hallaba nada.

Una noche no podía conciliar el sueño y se puso a leer a altas horas. Dieron las tres de la mañana y allí seguía con su lectura, pasando páginas y más páginas, hasta que se levantó a por un vaso de agua.

Mientras se encontraba en la cocina oyó ese maldito ruido que lo tenía nervioso, pues no sabía de donde provenía, observando que delante de sus ojos se movía la mecedora incesantemente. Pero allí no corría el viento por ninguna parte y lo que fue más curioso que al ponerse delante del asiento, se paró en seco. El muchacho no podía creer lo que veía, pensaba que había leído demasiado y era todo producto de su imaginación.

Al día siguiente se acerco a los que le vendieron la mecedora, para buscar respuestas a lo que le ocurrió, pero nadie le pudo contestar. Marchándose para su casa, sintiendo que lo sucedido la noche anterior fue desvaríos debido al cansancio.

Dando el reloj las tres de la mañana, se escuchó de nuevo ese infernal ruido. El chico no salía de su asombro, pero todo esto debía de acabar, no podía continuar así, se tenía que deshacer urgentemente de ese condenado mobiliario.

Bajando cada peldaño de la escalera hasta llegar al final, se topó delante de la mecedora, que se movía cada vez más ligera. Sin pensarlo actuó rápidamente dirigiéndose hacia ella, pero de repente cuando la fue a cogerla, un escalofrío atravesó su cuerpo, al sentir que una mano se posó en su hombro.

A la mañana siguiente un compañero suyo de trabajo, se extrañó de que no fuera como cada día, pues siempre era muy puntual y si estaba enfermo, siempre llamaba para avisar.

Acercándose a la casa donde vivía el joven, nadie respondía a las llamadas del timbre hasta que se fijó que la puerta estaba entreabierta; adentrándose en el lugar, no podía ni imaginar lo que allí veían sus ojos. Pasó la entrada encontrandose con la figura de su compañero muerto, sentado en la mecedora, con los ojos fuera de sus órbitas, mientras que sujetaba su libro,.

Los días pasaron desde aquel nefasto suceso, algunos pensaban que murió de forma natural, otros que se suicidó con algún veneno, pero sois los únicos que podéis juzgar por vosotros mismos; yo, a decir verdad, os dejo que saquéis conclusiones de todo esto, mientras que saco a subasta UNA VIEJA MECEDORA…