miércoles, 29 de diciembre de 2010

El vampiro del Panteón de Belén

La leyenda dice que ya hace muchos años llegó un hombre misterioso a la ciudad de Guadalajara. El hombre vestía de negro y sólo salía por las noches, dicen que desde su llegada a la ciudad empezaron a suceder cosas muy extrañas, empezaron a aparecer animales muertos con una seña muy particular ( dos orificios en el cuello ) y a todos les habían succionado hasta la última gota de sangre. La gente no le ponía atención, se preguntarán por qué..., bueno, porque pensaron que era un plaga o una infección entre los animales, pero al pasar los días comenzaron a encontrar cadáveres de jóvenes que tenían como hábito estar en la calle hasta la madrugada; lo curioso y lo que les empezó a preocupar era que los que encontraban tenían las mismas características de los animales encontrados antes, lo que ahora sí preocupó a los habitantes de la ciudad.

Se empezó a correr el rumor de que había un vampiro suelto en la ciudad . Las personas temían por sus vidas y las de sus hijos, por lo que un grupo de personas realizó un plan para atrapar a esta criatura de la noche, que se dedicaba a cometer sus bajos actos cerca de la vieja plaza de toros. Este grupo de personas se escondió detrás de un arbusto mientras uno se quedaba en la calle de carnada. Sí dió resultado, el vampiro se le apareció y cuando se disponía a clavarle sus colmillos los demás le arrojaron una red y lo atraparon. Algún gitano les había dicho que para poderlo matar tenía que ser con una estaca hecha de un árbol (no recuerdo el nombre del árbol), pero la estaca era verde, y que debían enterrarlo en un panteón. Lo hicieron, le enterraron la estaca en el corazón y lo llevaron al Panteón de Belén, donde le colocaron una lápida de cemento muy gruesa para asegurarse de que no saliera.

Al día siguiente los ciudadanos fueron a ver la tumba del vampiro y se dieron cuenta que la estaca de un día a otro se transformó en un árbol gigante que para poder salir a la superficie tuvo que romper la tumba. La leyenda dice que cuando el árbol rompa completamente la tumba el vampiro renacerá para aterrorizar nuevamente a los habitantes de la ciudad de Guadalajara; también dicen que si cortas una parte de las raíces del árbol o de su corteza el árbol sangrará.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Fantasmas de Trafalgar

Las leyendas de fantasmas en estas playas son antiguas. En la zona del Tajo de Barbate existe la leyenda de una dama blanca que algunos marineros observan en el borde del acantilado. Dicen que podría ser el espíritu de una joven que se suicidó por amor a principios del siglo XX.

El Cabo de Trafalgar es otro lugar de poder. De hecho los romanos situaron junto al faro nada menos que un templo a la diosa Juno, reina del Olimpo. No hay que olvidar que en 1805 cientos de marineros murieron ahogados en la Batalla de Trafalgar.

Todavía hoy algunos creen oir en las noches cerradas sin luna los sonidos de la batallas y los gritos de los desgraciados marineros que se confunden con el viento.

martes, 14 de diciembre de 2010

El callejón de la Condesa

La Casa de los Azulejos, ahora mejor conocida como el Sanborn's de los Azulejos, tiene una fachada que da al Callejón de la Condesa. Su nombre se debe a que por ahí salían los carruajes de la Condesa del Valle, y ese callejón, llamado de Dolores, con el tiempo y hasta nuestros días se le conoció como el Callejón de la Condesa.
Sólo a través de los siglos y en aras de la tradición, ha llegado hasta nuestros oídos una curiosa anécdota, referente al Callejón de la Condesa, que tomó su nombre de alguna de las del Valle. Cuentan las consejas que cierta vez entraron por los extremos del callejón, dos hidalgos, cada uno en su coche y que por lo estrecho de la vía se encontraron frente a frente sin que ninguno quisiera retroceder, alegando que su nobleza se rebajaría si cualquiera de los dos tomara la retaguardia.
Por fortuna, como asienta un grave autor, la sangre no llegó al arroyo ni mucho menos, ni si quiera hirvió en las venas de los dos Quijotes; pero a falta de cuchilladas salió paciencia a los hidalgos quienes estuvieron en sus coches tres días de claro en claro y tres noches de turbio en turbio. De no intervenir la autoridad, de seguro se momifican los hidalgos; el Virrey previno, pues, que los dos coches retrocedieran hasta salir, uno hacia la calle de San Andrés, y otro hasta la Plazuela de Guardiola.

martes, 7 de diciembre de 2010

El fabricante de espejos

Dicen que en el siglo XV vivía en Venecia un fabricante de espejos, que ofrecía delicadas obras a las damas y portentosos muebles a los nobles. Cierto día llegó a su morada un hombre de tez morena y vestimenta negra, con una sonrisa hedionda y torcida. Tras saludar al fabricante de espejos por su nombre, el hombre de piel oscura se reveló como nigromante de Oriente, mago, adivino y hechicero. El fabricante de espejos, asustado, intentó echarlo de su casa, pero el nigromante alzó su mano llena de anillos de plata, y le dijo que en breve un noble le pediría algo imposible, y que tan sólo el nigromante podía ayudarle a conseguirlo. Ignorando al mago, el fabricante de espejos le hizo salir, pero no pudo olvidar la advertencia.

Así fue que llegó a su hogar un noble, orgulloso y pelirrojo, que vestido de seda y armiño le ofreció tanto oro como no había visto el fabricante de espejos en su vida. El noble le hizo un encargo, le pidió un espejo distinto a todos los espejos, tan especial y magnífico que todos quedasen sorprendidos ante él. Cuando el noble se marchó, la advertencia del nigromante volvió a resonar en la cabeza del fabricante de espejos. Salió a las calles de Venecia, atravesando los puentes, recorriendo las callejuelas, cruzando los canales, buscando, en definitiva, al mago de Oriente. Cuando volvió a su casa, al anochecer, cansado y desesperado, el nigromante le esperaba sentado en el portal, con una sonrisa codiciosa en los ojos. Haciéndole pasar, el fabricante le ofreció una cuarta parte del oro a cambio de su ayuda, pero éste lo rechazó, diciendo que tan solo pedía obediencia ciega y secreto, lo cuál el fabricante aceptó sin rechistar.

Tomaron una lámina de vidrio, y la cortaron con un diamante hasta darle una forma perfectamente redonda. El nigromante entonces tomó el diamante, y se acercó al vidrio recién cortado. El fabricante intentó detenerle, temiendo que dañase el cristal, pero el mago pidió tranquilidad, y con cuidado y meticulosidad escribió en el margen del círculo setenta y nueve símbolos que el veneciano no había visto nunca. Luego el nigromante sacó una bolsa de cuero y un bote de cristal, que apestaban a muerte y putrefacción. En el bote se veía un líquido espeso y rojizo, que el fabricante reconoció como sangre. En el saco pudo ver, cuando el nigromante lo abrió, una mano humana, reseca y verdosa, que le hizo trastabillar hacia atrás. Pidió el mago un hornillo, y en él colocó la mano, vertiendo encima la sangre. Con yesca le prendió fuego, y un vapor oscuro de olor dulzón llenó el taller, haciendo que el veneciano se tapara la nariz con su pañuelo. En ese fuego ahumaron el cristal por completo toda una noche, hasta que la más absoluta negrura habitaba en su interior.

Llegó la hora de azogar el cristal, por lo que el fabricante hizo traer mercurio y estaño. El nigromante tomó uno de sus anillos de plata, con una piedra de jade engarzada, y arrancando la piedra hizo fundir el anillo, y mezclarlo con el estaño. Luego sacó un frasco retorcido y vertió su contenido sobre el mercurio, tiñéndolo de negro. Con esos materiales, azogaron el espejo, dejándolo reposar bajo un paño y varios pesos durante todo un día. Cuando terminaron, tenían un espejo pequeño, redondo y absolutamente negro, que tan sólo reflejaba a la persona que lo disponía ante sí. Sin duda era algo excepcional. El nigromante se despidió, con una inquietante sonrisa, y partió de nuevo. Por su parte, el fabricante de espejos encargó a un orfebre un soporte de plata para el espejo, y cuando estuvo terminado, se lo entregó al noble.

La presentación del Specchio Nero, el Espejo Negro, fue por todo lo alto, en un pequeño palacete. Las damas se acercaban para observar el extraño artefacto. Los nobles se maravillaban de su extraña apariencia. Pero el dueño del Espejo no se acercó a él toda la noche, ya se había mirado en él muchas veces antes de aquella fiesta, y no quería volverse a mirar allí nunca.

Y es que tras el Espejo Negro se esconde un reflejo que no te devuelve la mirada, pues al observar sus ojos descubres que está mirando por encima de tu hombro. Te espera tu sombra, que se ha hecho poderosa, y ya no siente sus ataduras, siendo libre de hacer lo que le plazca. Yace la maldad que ocultas en el fondo de tu alma, las sombras que no quieres admitir que haya en tu interior. Observas el gesto, y es el tuyo, pero parece más depravado y vicioso de lo que recuerdas. Y entonces tu rostro se contrae de temor, pero el que hay en el Espejo Negro no varía. Hasta que al fin observas en lo más profundo de la oscuridad que rodea a tu reflejo, que hay alguien más allí dentro, y te está haciendo señales de que entres con él.

Nadie sabe dónde se encuentra ahora el Specchio Nero, pero el viento susurra que yace, cubierto de seda roja, en algún lugar de Venecia. Y el que espera tras el Espejo Negro es paciente, pues sabe que algún día alguien más se reflejará en él.