lunes, 31 de mayo de 2010

Una mente enferma

-Miro a la gente, y su sufrimiento me da gozo. Adoro ver cuando una madre pierde a su hijo... y llora desesperadamente perdiendo las ganas de vivir. Adoro el sonido de los gritos de dolor y desesperación, gritos con los que te piden que acabes su miserable existencia. Adoro observar el inconformismo de la gente, su oscura visión de la vida. Adoro el dolor ajeno... en fin- El psicólogo mostraba una mueca de indiferencia, mientras escuchaba esto de su paciente.

-Y... ¿a que se debe ésto?- pregunta.

El paciente sonrie, y se relaja sobre su asiento, una simple silla.

-Simplemente, disfruto, que mejor impresión que ver a otros morir, te sientes grande, superior, ver como otro pierde la vida y tú la mantienes, te ves victorioso.

Después de decir ésto comenzó a recordar lo que le había llevado a estar en ese lugar, ese psiquiátrico de mala muerte. Recordó como torturaba a esa niña, pasando un cuchillo por sus brazos, observando la sangre caer. Recordó los gritos de esa pequeña, sus incontenibles lágrimas, y sobre todo, la sangre... la sangre que caía de sus brazos hasta el suelo. Recordó la felicidad que le invadió cuando sintió que esa niña dejo de respirar. Después de eso, ya poco le importaba todo, se dejo caer en el suelo, pensando en su superioridad, la victoria sobre la vida de otros, la muerte.

Después del interrogatorio, fue llevado a una celda, oscura y desaliñada, pero eso poco le importaba, su hogar era parecido a esto. En ella solo podía ver un retrete, una cama y una bombilla que colgaba del techo, emitiendo una débil luz amarillenta. Cuando cerraron la puerta, se tumbo en la dura cama, y miro el techo, orgulloso de sus acciones.

Victorioso sobre la muerte.

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